Padre, nada quiero de este mundo, pues lo único que llena mi vida es tu amor derramado en mi corazón por medio de Cristo, quita de mí todo mal deseo y por medio de tus promesas enséñame a disfrutar desde hoy de mi posición eterna, en Jesús. Amén.
“Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.” 1 Juan 2:16
El mundo en la Biblia hace referencia al sistema caído, como consecuencia del pecado, hostil a Dios y que sigue su propia sabiduría, viviendo a la luz de su propia razón sin reconocer la Fuente de toda la verdad, vida e iluminación.
Este mundo intentará hacerte creer que necesitas satisfacer tus propios deseos, te creará necesidades que no tienes y te empujará a que te enfoques en ti mismo y no en Cristo.
El mundo caído tiene como características predominantes el orgullo y la codicia. El primero quiere llevarnos a que no reconozcamos nuestro estado y necesidad de Dios, el segundo quiere empujarnos a desear y poseer todo lo que resulta atractivo a nuestros sentidos físicos, como sucedió en el paraíso: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.” (Génesis 3:6).
Además del orgullo y la codicia, el mundo quiere llevarnos a una falsa religión basada en el legalismo, el ascetismo y el ritualismo como débiles sustitutos de la verdadera adoración a Dios que debe ser en Espíritu y verdad (Juan 4:23-24); estos elementos de una falsa comunicación con Dios conducen a la esclavitud de la conciencia por medio de rudimentos y tradiciones humanas (Gálatas 4:9-10).
Pero nosotros, los creyentes en Jesús, tenemos al Espíritu de Dios habitando en nosotros y donde está el Espíritu hay verdadera libertad (2 Corintios 3:17), esto incluye al mundo y sus ideologías, por eso estamos llamados a cambiar nuestra forma de pensar y a no seguir las corrientes de este mundo, viviendo santa y piadosamente, sin mancha e irreprensibles, en paz, porque el mundo y sus cosas han de ser deshechas, pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. (2 Pedro 3:11-18)
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