Te alabo Señor, mi corazón se alegra en ti porque me salvaste, porque quitaste el pecado que me esclavizaba. Que mi vida entera sea para tu alabanza, como olor grato y agradable a ti Señor. Amén.
“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.”, Colosenses 3:16
La Palabra de Dios nos insta a regocijarnos en Dios, a cantar delante de su presencia, porque vendrá a hacer justicia y a mostrar su fidelidad a toda nación (Salmos 96:11-13). La alabanza no es una expresión religiosa y fría, la verdadera alabanza surge de dentro hacia afuera, y es producto de una vida interior transformada, por esto en la iglesia primitiva se reunían y expresaban con alabanza su confianza en Dios, cantando con gracia en sus corazones al Señor, con salmos e himnos y cánticos espirituales, viendo el enorme poder que actuaba a través de los creyentes (Lucas 24:53, Hechos 11:18).
En el antiguo testamento había una relación estrecha entre los sacrificios y la alabanza (Lev 7:11-21), la gratitud debía ser un motivo fundamental de la ofrenda (Deut. 26:1-11). En el Nuevo Testamento el sacrificio de Cristo fue la expresión máxima de alabanza a Dios, por eso nosotros estamos llamados a que nuestra vida misma constituya una ofrenda de gratitud hacia Dios, por tan inmenso favor recibido, y motivo suficiente para expresar a Dios toda nuestra alabanza (Romanos 12:1), cumpliendo nuestro rol como real sacerdocio que anuncia las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9).
Que nuestra oración de hoy incluya la alabanza como expresión del eterno agradecimiento por las bendiciones recibidas, por el perdón realizado por la sangre de Cristo y porque nuestros nombres están escritos, gracias a Jesús, en el libro de la vida (Lucas 10:20, Filipenses 4.3).
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